miércoles 14 de septiembre de 2011

El desafío de la página en blanco



Abro el cuaderno. Sus hojas cuadriculadas son un mar en calma surcado de meridianos color azul. Mi letra, alargada, en ocasiones, tumbada, sin dejar espacio entre los caracteres que forman una palabra, es la tempestad que agita este espacio tabicado. Los versos que surgen en ocasiones son las olas que se alzan en este pacífico paraíso de la imaginación. Ayudados por los céfiros, guiados por las musas, se encrespan y agitan haciendo borbotar ruidosamente sus líneas para, como Venus, surgir al mundo de la palabra, cubriendo su desnudez con rimas desgarradas.

Este templo sagrado del verbo, el santuario de las metáforas, se compone y articula con vida propia. Yo le hago arder de pasión, le hago helarse de miedo, le transporto a otras épocas. En ocasiones, las palabras se revelan, se amotinan y, ocultas tras los barrotes, no quieren surgir de su escondite. Pero el olor de la tinta, el refugio que ofrece su oscuro fluir las atrae enloquecidas y, tras hacerse las remolonas, pugnan por salir atropelladamente, como si una corriente eléctrica que circulase desde el cerebro hasta el brazo, de ahí a la mano y al bolígrafo las obligase a danzar endiabladamente, poblando la inmaculada blancura con el arma más eficaz jamás conocida.

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